1. La grappa viaja a la velocidad del sonido.
En el país de las muy mentadas paradojas, hay una vasta extensión de tierra del departamento de Rocha, situada entre las lagunas y el mar, que se conoce como ¨La Angostura¨. Allí se encuentran varias explotaciones rurales de diversa índole, que brindan tres atracciones simultáneas: el campo, las lagunas, el mar. Lugar ideal para acampar para mis amigos y yo, cuando nuestra adolescencia estaba en su plenitud.
No faltará quien piense que, sin muchachas en varios kilómetros a la redonda, ese lugar no podía ser tan perfecto para aquellos torrentes de hormonas, juguetones, rebeldes y lujuriosos. ¡Pero pocos kilómetros no son nada cuando la patria llama, y vaya si éramos patriotas!
Largas caminatas para ir al mar, otras para ir al bosque, para acceder a las lagunas y, por supuesto, para acudir a la cita con la sonrisa más hermosa de la Historia. Que la pasión adolescente suele durar poco tiempo, pero en ese lapso se siente como si fuera una vida entera. Éramos unos verdaderos caminantes de la vida, bajo el sol rajante del estío rochense.
Naturalmente toda regla tiene su excepción. Aquella tarde, poco después del mediodía, las nubes más negras y espesas se nos acercaban desde el suroeste, anunciando bellas empapaduras. Un paisano de los alrededores nos había advertido que, según la radio, se venia una tormentita de mi flor, con fuertes vientos y tormenta eléctrica. Así que estábamos de comité de crisis, evaluando posibles acciones ante la amenaza inminente. Permanecer en unas débiles carpitas metálicas en el medio del campo, no era opción sensata. Había absoluta unanimidad: había llegado el momento de rajar.
Juro que le tormenta era tan fiera como ésta, registrada en Rumania, que no tiene un corno que ver con la historia, pero la foto es hermosa.
Adolescentes y uruguayos, la deliberación transcurría cuando las nubes estaban prácticamente en nuestras orejas y apenas unos minutos era todo el margen que nos quedaba para huir a tiempo. Teníamos dos opciones para refugiarnos. La primera era una suerte de tapera abandonada bastante cercana, de puerta siempre abierta y estabilidad harto dudosa. La segunda era un bello, sólido y amplio galpón, prácticamente vacío en ese momento y del que teníamos la llave, pero que quedaba significativamente más lejos.
Las opiniones estaban completamente divididas y buenas razones había para ello. A la tapera era casi seguro que llegábamos antes que nos cayera encima la tormenta. Pero era evidente que esa construcción tan precaria se llovería por todos lados y no era nada desdeñable la posibilidad de que no resistiera fuertes vientos como los que se anunciaban. Por su parte, el galpón brindaba muchas más garantías de solidez, allí teníamos un refugio amplio y confiable, pero corríamos el riesgo de no llegar a tiempo hasta él y que la tormenta nos alcanzara en plena marcha a la descubierta, por lo que podía ser peor la enmienda que el soneto.
El consejo deliberante y acampante intercambiaba argumentos y no pocos insultos mientras levantaba frenéticamente carpas y mochilas, preparándose para emprender marcha forzada hacia el rumbo que la mayoría eligiera. Éramos demasiado jóvenes como para conocer el trotskismo y la posibilidad de escindirnos en dos minúsculos grupos que tomaran cada cual uno de los posibles rumbos. Ni siquiera se consideraba el separarse. Iríamos todos juntos, a guarecernos o empaparnos, pero juntos. A soportar los inevitables ¨¿Viste que tenía razón, gil?¨ que habrían de lanzar los empapados vencidos o los secos vencedores, según cuál fuera la suerte de la decisión colectiva. Reproches ciertamente habría, quizás un buen altercado, tal vez hasta alguna piña. Pero la bronca se disolvería como siempre, por la vía de algún oportuno comentario jocoso, de la consecuente carcajada y la tan juvenil capacidad de tomarnos el pelo a nosotros mismos.
De repente, las miradas de mis amigos se volvieron hacía mí con indisimulado odio. Los laboriosos discutidores me encontraron absorto, sentadito, reloj en mano, con una tablita sobre las rodillas a guisa de escritorio, haciendo cuentitas en un papel. Cuando levanté la vista, estaban ya casi encima de mí con intenciones incuestionablemente punitivas. Pero con la más distraída de las expresiones, ignorando el riesgo inminente de ser linchado y obligado a cargar todo el equipaje, les dije mansamente a mis amigos:
¨Al galpón, che. Nos sobran al menos dos minutos para llegar allá si arrancamos ya¨.
Mis amigos se miraron perplejos. Las ganas de matarme cedieron paso al desconcierto y a la duda cartesiana sobre si encima de escapar al laburo me estaba burlando de ellos, o si simplemente estaba loco.
Fernando, el más sereno y desconfiado de la barra, fue el que rompió el silencio con refinada elegancia.
¨¨ ¿Y vos cómo carajo sabés?¨
Levantándome, mientras cargaba al hombro mochila y bolso con ollas y cacerolas, empecé a caminar rumbo al galpón y respondí al pasar por el medio del perplejo círculo humano:
“Porque lo calculé, gil. Pero dije si arrancamos ya, así que muévanse y déjense de boludear que se van a empapar¨
Tenía entre mis amigos reputación de buen calculador. Más allá de darles alguna mano en los estudios cuando de calcular se trataba, era el referente del grupo en tareas tan variadas como hacer la división de la cuenta en el boliche, calcular la plata necesaria para salidas y viajes, zanjar discusiones sobre juegos de azar, calcular distancias a distintos posibles nidos de amor, etc. No sé si fue esa reputación, la decisión con que les hablé o simplemente el que a falta de acuerdo algo había que hacer, pero veinte segundos después toda la comitiva iba a paso redoblado rumbo al galpón, con los rayos y truenos haciendo olvidar el peso de la carga.
Llegamos al galpón sanos y salvos. La barra se quedó mirando en la puerta mientras yo empezaba a acomodar las cosas adentro. Al rato, un auténtico diluvio comenzó a caer, las descargas se hicieron concierto de rock pesado, el viento empezó a sacudir los árboles como si fueran pastitos y la barra cerró con tranca la puerta del galpón, poniéndose a arreglar el salvador refugio, sin decir ni palabra.
Salvo por Fernando, el poeta, quien, reloj en mano y con una sonrisa grandota, se acercó y me dijo
¨Dos minutos y trece segundos, hijo de una gran puta. ¿Que número sale mañana a la quiniela?¨
Hubo risas y algún comentario más, pero el tema terminó ahí. Nadie jamás preguntó qué y cómo había calculado. Por mi parte, ya desde entonces, sin conocer a Hermes Trismegisto , creía que no hay que dar respuestas a preguntas no planteadas. En realidad la historia casi terminó allí. Faltaba un detalle nada menor. El temporal fuerte duró un día entero, luego quedó reducido a un cielo gris, lloviznas débiles e intermitentes y a una brisa fresquita, La barra había salido a hacer mandados y yo estaba preparando un guiso de esos bien democráticos, sin exclusiones de ningún tipo, donde todo lo que no es metálico ni tiene garras sirve para agregar sustancia.
Cuando mis amigos llegaron, dejaron las compras al lado mío y se fueron a cortar leña. Al abrir las bolsas buscando algo más que pudiera meterle a mi potaje, me encontré, delicadamente envuelta en papel de diario, una botella de grappa ANCAP.
Frente a los aguardientes brasileros que consumíamos con religiosa unción todas las noches, aquella grappa era un licor sublime. Tan desprolijo como el envoltorio, un papel de almacén estaba pegado con cinta a la botella y contenía una misiva escrita en letra bien grande y con birome azul. Pero sobre todo, con esa infinita ternura que, entre los varones, a veces se disfraza de brutalidad...
Aún la conservo esa misiva. Las veintitantas mudanzas de mi vida no fueron suficientes para que se me perdiera. Dice simplemente:
¨Pa´l Gonza de la barra. ¡Calculá el pedo que te vas a agarrar hermano!¨.
Aquél cálculo adolescente no es ningún descubrimiento ni genialidad. Bien por el contrario, alcanza con haber prestado algo de atención en las clases de Física y Matemática en el liceo. Y con hacer lo que nuestro sistema educativo tan poco fomentaba por aquel entonces (y me temo que aún ahora): llevar a la vida cotidiana los principios científicos elementales, sin tener miedo a hacer propios y tangibles los frutos del árbol de la Ciencia.
La luz viaja muchísimo más rápido que el sonido. En el vacío, la velocidad de la luz es de 300.000 kilómetros por segundo, la friolera de 1.080 millones de kilómetros por hora, mientras que la velocidad del sonido (que en aeronáutica se usa como unidad de referencia, y se le llama ¨¨un mach¨) es, en aire y a unos 20 grados centígrados de temperatura (El sonido no se propaga en el vacío y su velocidad no sólo depende del medio en que se propaga como agua, aire, etc., sino también de la temperatura del mismo, etc.), de unos 1.225 kilómetros por hora. Si bien las velocidades dependen del medio que se atraviesa y por lo tanto en la atmósfera los valores no son exactamente los anteriores, sirven como referencia. La luz viaja casi un millón de veces más rápido que el sonido. Por lo tanto, para un cálculo aproximado razonable, puede pensarse que, a escala de los fenómenos que observamos cotidianamente, la luz llega instantáneamente. Si se emite luz a una distancia de unos cuantos kilómetros, puede despreciarse el tiempo que demora en llegar a nosotros y podemos pensar que la vemos en ese mismísimo momento.
Por lo tanto, si yo veo la luz de un relámpago y ocurre un segundo antes de que sienta el trueno, es que la descarga se produjo a una distancia de mí que al sonido le cuesta un segundo recorrer. Si en una hora (3.600 segundos) el sonido recorre 1225 kilómetros, una simple regla de tres indica que en un segundo recorre algo más de un tercio de kilómetro, aproximadamente 340,3 metros.
¿Que calculo hice esa tarde en el campamento? Los números que voy a dar no son exactos, es obviamente imposible recordarlos, pero están en el orden de magnitud de los verdaderos y sirven para explicar cómo llegó la grappa a mis manos.

Y por cierto, así quedé tras dar cuenta de la misma…
De tanto patear aquel campo, sabíamos bien que necesitábamos, caminando fuerte, algo menos de 10 minutos para llegar al galpón. Medí el tiempo entre un primer relámpago y su trueno: 57 segundos. Cada segundo que pasa significan 340,3 metros de distancia, así que estimé que la tormenta estaba a 340,3 por 57 metros de distancia. O sea a 19.397 metros. 2 minutos y 33 segundos después (153 segundos después), vi otra gran descarga. Esta vez demoró 47 segundos en sentirse el trueno. Es decir que la tormenta estaba ahora a 47 por 340,3 metros: 15994 metros. En 153 segundos la tormenta había avanzado 3403 metros, por lo que recorrería unos 1334,5 metros en un minuto y venía a una velocidad de aproximadamente 80,1 kilómetros por hora. Lo que se dice una tormenta de la gran puta, en términos académicos. Pero si mi segunda observación ubicaba la tormenta a 15994 metros y demoraba un minuto en avanzar 1334,5metros, demoraría 15994 divido por 1334,5 minutos en llegar a nosotros. Aproximadamente 12 minutos. Más de dos minutos de más de lo que precisábamos para llegar al refugio más seguro.
Ese cálculo juvenil está pleno de imprecisiones, aproximaciones y suposiciones muy groseras como la uniformidad del frente de tormenta y de su velocidad, entre otras muchas. Pero dejando tecnicismos de lado, bien vale mencionar que SIEMPRE, con mayor o menor grosería, los cálculos y estudios científicos APROXIMAN la realidad. No la describen a la perfección y con prístina exactitud. Pero dan aproximaciones que permiten adoptar decisiones correctas. Y esto lo que valida cualquier teoría, modelo o conocimiento: el que su aplicación práctica lleve a buen camino. La Ciencia nunca es exacta por completo y siempre se confronta con la realidad para validarse. Difícil concepto para economistas neoliberales, por cierto.
Y aquel modesto cálculo juvenil, plagado de imperfecciones, cumplió su cometido. Aportó un elemento concreto para decidir. Y decidir bien. Y lo puede hacer toda persona que haya tenido la fortuna de ejercer su derecho de recibir educación secundaria, que no tenga miedo al número y guste del placer de pensar, de buscar respuestas por sí mismo en lugar de librarse al destino.
Este recuerdo juvenil bien amerita una grappa. Por Fernando, por la barra, por la juventud de todos los tiempos, por el dueño del galpón, por tantos mochileros empapados. Y también por la Ciencia. Que como la mujer más seductora y fascinante, es imperfecta, a menudo incomprensible, no pocas veces esquiva y con aires de misteriosa, pero que se brinda de cuerpo entero a quien no tiene miedo de amarla. Con pasión, claro, que sin ella la vida es un desperdicio de oxígeno.


Mi comentario es una gran sonrisa (y me voy a ver si consigo el libro!)
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